Cuando la ternura se vuelve trauma: la confusión de lenguas

Ferenczi nos permite comprender que el trauma infantil
no siempre nace de la violencia explícita,
sino también de una confusión.

En la infancia, la ternura se expresa con un lenguaje de afecto inocente,
pero el adulto responde con un lenguaje erótico que no le pertenece.
Ahí es donde todo se distorsiona.

“Si el niño se recupera de la agresión, siente una confusión enorme;
es a la vez inocente y culpable,
y se rompe su confianza en el testimonio de sus propios sentidos”.
— Sándor Ferenczi

Entonces, lo inocente se tiñe de culpa,
y el afecto se vuelve miedo.

El niño rechaza la invasión, luego teme a la autoridad y, para sostener la relación con quien debería protegerlo, se anula e identifica con el agresor.

Si el entorno además niega el trauma, la herida se profundiza. Quedan marcas: culpas invisibles, miedos que no se nombran, historias que se repiten.

Ferenczi consideraba que el análisis podía reparar esto:
ofrecer la posibilidad de decir no, defenderse,
y abandonar la identificación con el agresor.

Cuando el paciente logra abandonar esta identificación y defenderse de esa transferencia tan fuerte, puede elevar su personalidad a un nivel superior.
De lo contrario, parte de su mundo interno queda fijada en ese momento en que no pudo protegerse de la invasión exterior.

Traducir de nuevo lo que fue distorsionado es una forma de reparar.
La confusión de lenguas nos recuerda que no todo abuso es visible o explícito.
Lo traumático es la erotización de la ternura,
una distorsión profunda que deja heridas invisibles en la infancia.

¿Conocías este concepto?
¿Qué te hace pensar sobre la forma en que entendemos el trauma infantil hoy.


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